miércoles, 7 de enero de 2015

La tortilla libertaria

5 mujeres que comen tortilla es una adaptación del éxito del Off Broadway 5 lesbians eating a quiche, de Andrew Hobgood y Evan Linder. Las entradas del pequeño Teatro Alfil de Madrid no están numeradas y lo mejor decisión es ir con algo de tiempo para asegurarse un buen sitio y no pasar frío en una cola que llega hasta el cercano Palentino, mítico bar clásico de cañas a un euro que resiste numantinamente dentro de esta calle del Pez, donde lo trendie se ha hecho fuerte con curiosos comercios posmodernos como La juguetería, tienda de artefactos sexuales de diseño, o The Passenger, un bar que simula el vagón de un tren, con un interior de madera y unos proyectores sobre la pared que reproducen las vistas que uno podría disfrutar desde la ventana de un veloz tren. Muchas de las puertas de la calle del Pez parecen abrirte la puerta a un mundo fuera de lo común.

Nada más entrar en los 300 metros cuadrados del Alfil, las cinco actrices, ya metidas por completo en su papel antes de la hora que marcaba el inicio de la función, fueron colocando en la solapa de cada espectador una pegatina con un nombre de mujer… De repente me transformé en Kristen y mi acompañante –mi madre- en Janet. Halagos y sonrisas por parte de las actrices apelando a nuestras estrenadas identidades “¡Siempre se os ve juntas!”, me espetó una de las actrices. No había duda: el mundano ambiente consumista del superpoblado Madrid navideño había quedado atrás y éramos presas de la liberadora magia del teatro. Entramos con suficiente antelación como para asegurarnos una mesa entre el escenario y las tres filas de butacas fijas del fondo de la sala. En tal posición privilegiada, los más tímidos temíamos que este nombre escarlata pudiera legitimar un estreno teatral no deseado. La camarera del pequeño bar integrado en la sala nos sirvió un par de tercios de cerveza Alhambra al precio más que razonable de tres euros y al poco comenzó la obra. Estábamos en el año 1956, Estados Unidos. La Sociedad de Susan B. Anthony para las hermanas viudas de Gertrude Stein celebra su almuerzo anual de tortillas. El respeto por el vestuario y la peluquería de la época -esos moños, ondulaciones y faldas tobilleras- hizo que muchos se acordaran de las chicas de Grease o de Mad Men. La comedia, de poco más de una hora, transcurre en un solo acto y un solo escenario, que consta de una mesa y de un púlpito desde el que se nos cuenta la historia de la hermandad. En la obra original en inglés, el título de la obra remite a la novela Real Men Don't Eat Quiche (“Los hombres de verdad no comen quiche”), escrita por el norteamericano Bruce Feirstein en 1982, una parodia sobre los estereotipos de la masculinidad (tema recientemente llevado al cómic en Ser un hombre por el gran Alberto Monteys). La celebración se interrumpe cuando la bomba atómica estalla y las cinco mujeres se ven obligadas a una reclusión que las llevará a confesar sus secretos más íntimos.

En la versión española, adaptada por Mar Corzo y Almudena León -una de las cinco “hermanas” de la obra-, se ha optado muy acertadamente por sustituir el quiche por la tortilla, que evoca a la manera despectiva para referirse a una lesbiana y tiene también cierta remembranza libertaria, por esa tortilla francesa (que en realidad no era francesa como el quiche) creada haciendo de la necesidad -y de la falta de patatas- virtud. “Ni carne, ni hombres, ni de broma me los nombres” es el lema de estas hermanas que se apañan con lo necesario: sus huevos y su amistad.

Marjorie, fuera del teatro un hombre cercano a los cuarenta años, fue el elegido entre el público por las cinco hermanas, que vertían chistes sobre ella sin caer en el atosigamiento del espectador, estableciendo un contacto con él que se hacía extensible a todos los espectadores. Por ejemplo, cuando, tras confesar finalmente la última de las cinco mujeres que se resistía a confesar su lesbianismo acaba cayendo, una de las actrices nos animó también a los demás a salir del armario. “¿Hay alguna lesbiana entre nuestras hermanas”? Una mujer contestó afirmativamente entre el público, que reía e intuía lo que a continuación se produjo: una solicitud de confesión al unísono a todos los espectadores. “¡Yo también soy lesbiana!”, gritamos todos con orgullo. Fue un momento estelar cuando una de las actrices ha improvisado una frase para mandar callar a un impresentable del público al que le ha sonó el móvil y tuvo la poca vergüenza de cogerlo. Consiguió meter un “¡Calla señor!” sin romper el ritmo de la comedia y encontrando durante ese instante la complicidad de las cuatro actrices y del público, que estalló en un aplauso que fue una comunión de la hermandad del teatro contra la herejía de las tecnofaltas de educación.

Todos los caracteres de las mujeres están perfectamente diferenciados y responden a estereotipos más o menos reconocibles. El “chicazo” interpretado por Almudena León, la cumplida Marta Flich -soberbio el soliloquio que se marca explicando la rimbombante historia del porqué de su trauma, no tratar con hombres desde los tres años-, la entusiasta Celia de Molina y la ingenua Marta Flich y divertidísima Cristina Gallego, sin duda la que provocó más carcajadas, ya fuera cantando el himno yanqui en un particular estilo, dándonos instrucciones a la manera de una azafata de vuelo o lamiendo sobre la mesa, a cuatro patas, el plato de tortilla ante sus asombradas hermanas (“¡Qué técnica!”). Y todo bajo la autoridad rottenmeiriana de una genial Julia de Castro, que interpretaba a Lulie, la presidenta de la hermandad de la Susan B. Anthony para las hermanas de Gertrude Stein.

5 mujeres que comen tortilla es una obra sobre cooperación entre mujeres. Todas acaban confesando sus miedos, discuten fieramente pero acaban ayudándose entre sí. Lo mejor de la delirante comedia es cómo, solo a base de sentido del humor, las actrices nos hacen reflexionar sobre un tema tan serio como es el de los prejuicios. Todos necesitamos nuestra hermandad de amigos confesores con los que reírnos y reunir fuerzas para hacer frente a las hostilidades de ahí fuera. Todos necesitamos una buena hostia (consagrada) si es en forma de esta tortilla desternillante que compartir. Lástima que Marjorie no quisiese subir al escenario para recibir los aplausos en nombre de todo un público encandilado por una obra que consigue hacerte partícipe. Hago extensible el halago del periódico Chicaco Now, que calificó la representación de la compañía estadounidense The New Colony de Egg-cellent, para la versión española dirigida por Chos y protagonizada por las sobresalientes Marta Flich, Cristina Gallego, Almudena León, Celia de Molina y Julia de Castro.