miércoles, 15 de octubre de 2014

Uno de los nuestros

En su prometedor debut Malos tiempos (Lupercalia), Carlos Salcedo (León, 1980) emprende un viaje al fin de la noche posmoderna, recorre la senda del perdedor del siglo XXI a través una serie de relatos breves que alternan realidad y ficción. Este camino que describe Salcedo, con una prosa frontal y sin concesiones, está lleno de trampas. En él, cada palo aguanta su vela como puede, la falta total de perspectivas condenan al autor a una frustración contra la que rebelarse resulta tarea inútil. Schopenhahuer, Bukowski, metal, alcohol, sexo y drogas… morir matando es la divisa en una realidad que solo deja herirse con armas de doble filo. El exceso como acto de contrición y a la vez de áscesis que permita seguir aguantando los golpes y poder asestar alguno que otro.

Se hace difícil digerir el infierno cotidiano, aún más complicado seguir soñando. Las más de las veces, los monstruos de la razón producen pesadillas. La dificultad de sostener una relación, la obligada búsqueda de empleos que uno no puede por más que detestar, el darse de bruces con la burocracia estatal, el cruzarse con los fantasmas de carne y hueso que pueblan la ciudad, las notas cotidianas que componen la “sinfonía de la destrucción”, como la canción de Megadeth que cita el autor, marcha imperial metálica que marca el ritmo de su narración. La vida conspira en nuestra contra, hemos hecho lo inhumanamente posible para que así sea y todos somos, en cierto grado, culpables. Carlos lo sabe y no se escuda en malditismos absolutorios. La culpa es también tuya y mía. La vida es un juego cruel que te obliga a endurecerte a la vez que intentas que la impiedad generalizada te contagie del todo. Es en los relatos autobiográficos que componen Malos tiempos donde la visión fatalista del autor encuentra mejor vía de expresión, al describir su existencia en una pensión de mala muerte acompañado por perlas cultivadas en los arrecifes del fracaso. Salcedo escribe como vive, su literatura es descarnada, sucia, busca abrirse camino a empellones para salir de las cuatro paredes en que nos tienen encerrados, presos del miedo, la ansiedad, el egoísmo y el descreimiento absoluto.

La extravagancia es lo real, Salcedo se sumerge en los tugurios de música rock, en el mundo del boxeo, la pornografía, el alcohol y las drogas. Subterfugios desde los que la lógica hostil de la vida posmoderna queda más en evidencia. Es desde esos ambientes viciados de donde Salcedo saca lo peor y lo mejor de sí, allí donde se cuece el caldo de cultivo de nuestra perdición y trata desesperadamente de hallar una esperanza, en forma de un gesto amable; cuidar a unos desvalidos gatos condenados a morir o encontrar la comprensión de un amigo o de una novia. Cosas pequeñas que son las más grandes, las más grandes, al menos, que puede permitirse. Pero como decía Bukowski, los pobres son los que saben lo que es la vida, los ricos tienen que imaginárselo. Por eso el autor defiende a ultranza el realismo sucio como la literatura que mejor explica este pauperizado presente, esta época tan limpia en su hipócrita superficie y tan sucia en sus sufridas entrañas.

No hay tabla de salvación, solo una voluntad a prueba de bombas, que no tira la toalla pese a todos los golpes, mucho de ellos autoinfligidos… La autodestrucción como vía recurrente en la que hacer aflorar una sensibilidad coartada por el sistema, la vida tal y como uno querría vivirla, esa que hay que esconder y proteger bajo una coraza para no ser aplastado por el rodillo de la realidad cotidiana. Salcedo siente la vieja necesidad de enloquecer para no volverse loco.

Malos tiempos es un libro impregnado de autenticidad underground, al margen de las modas y tendencias que tratan de apropiarse de tal denominación sin asomarse si quiera a los abismos en los que Salcedo bucea. Sin miramientos. Los miembros de la generación perdida se identificarán en estos relatos más de lo que ellos mismos quisieran en esta especie de bestiario posmoderno. Uno piensa en el poema “Una charla con el buzón…” en el que Charles Bukowski arenga a un escritor anónimo para que, pese a las dificultades, se lance al ruedo y trate por todos los medios de publicar. Al final del poema, Chinaski escribe: ésta es una carta tipo que envío a casi todo el mundo, pero espero que te la tomes personalmente, tío. Salcedo se lo ha tomado personalmente, ha desnudado sus miserias, nos ha propinado un libro directo a la mandíbula con el que no cuesta imaginarse al viejo Buk dándole la bienvenida en el infierno.