jueves, 23 de octubre de 2014

Se vende cara

La reciente metamorfosis de la actriz Renée Zellweger, su nuevo careto falso, es un signo de la cara verdadera de un tiempo que va ahondando cada vez más en la brecha de lo innecesario. Nos alejamos cada vez más de esa etapa zoológica a la que se refiere Ernesto Sabato en Sobre héroes y tumbas, una época ya remota en la que, como a los animales, nos bastaba sólo con vivir, sin angustiarnos por el sentido de la existencia, mucho menos por nuestro aspecto físico. En nuestra época superficial del aquí y ahora, nos creemos que comprándonos una cara nueva esa angustia va a desaparecer, pero es más bien al contrario. La actriz atribuye su transformación al buen momento personal, como si cambiarse de cara fuera parecido al antojo de dulces que pueda sentir una mujer embarazada. La cara debe ser el reservorio que almacene todos los sedimentos acumulados a lo largo de nuestra vida; no solo las alegrías, también las desdichas. No sólo nuestros triunfos, sino también nuestros desengaños. De lo contrario, como da testimonio Zellweger con su nueva jeta, el rostro no es auténtico y deviene en una máscara que, pasado ese buen momento personal –que pasará, como todos los buenos momentos personales- se convertirá en algo grotesco, pues no tendrá capacidad para cumplir la función del rostro, que no es otra que la de servir de espejo del alma, reflejar el interior. Por muy bonita que sea su nueva faz (a servidor le gustaba más la de antes), no será sino el espejo deforme de Valle-Inclán, el esperpento que refleja nuestras miserias de bótox. Como se dice en el espléndido documental Il corpo delle donne, en el que podemos ver hasta qué punto el capitalismo está colonizando el cuerpo femenino, la televisión roba, mina, afea el paisaje de la conciencia de todos. René Zellweger es una actriz millonaria de Hollywood, su comportamiento influirá en muchas jóvenes no millonarias que quieran “transformarse” porque estén pasando por un buen momento y que tendrán que conformarse con cambiarse la foto del perfil de su Facebook. Los ricos podrán permitirse ser guapos y a los pobres no les quedará más remedio que aguantarse con lo que Dios les haya dado en gracia. Pero no debemos olvidar que los buenos momentos son solo eso, buenos momentos encerrados en el tiempo que pasan irremisiblemente. Solo pueden congelarse en una pintura, en un poema, en una fotografía, en alguna escena de las muchas películas que ha protagonizado la actriz estadounidense. Si por tan buen momento estaba pasando, ¿por qué no ha tratado de conservar esa cara en lugar de cambiársela? Pronto Renée sentirá, seguramente cuando se sienta desdichada -pero nunca más en esa deliciosa expresión suya como si estuviera siempre a un paso del llano-, que es el rostro el que debe adaptarse a los sentimientos y no al revés.