jueves, 21 de julio de 2016

Atraparlos a todos

Es curioso que este momento en que prestamos cada vez más atención a divertimentos banales tipo Pokemon Go coincida con una escalada terrorista que va convirtiendo cada objeto en una posible arma. Mientras creamos objetos que no existen y nos ponemos a perseguirlos por diversión -y además lo llamamos "realidad aumentada"-, los terroristas se valen de cualquier cosa, hasta de su propio cuerpo, para "atraparnos a todos", como reza el famoso eslogan de Pokemon. Los beneficios y posibilidades de los videojuegos están fuera de toda duda (he dedicado varios artículos al tema), pero cuando veo hordas de zombies deambulando por la calle en busca de monstruitos virtuales, pienso en el peligro que corremos si borramos del todo la línea que separa la realidad (que es la que es, no puede aumentarse ni disminuirse) con la ficción, porque esta capacidad tiene aún más beneficios, por ejemplo nos permite esquivar el camión que conduce un chiflado al que tu vida no le importa mientras juegas a cazar Pokemons. El ejemplo puede ser exagerado, pero sirva -como esta foto en la que niños sirios piden su rescate con los Pokemons como anzuelo, a ver si así les hacen caso- para no perder la perspectiva de un mundo, el real, que está cada vez más pendiente de realidades "aumentadas" inexistentes mientras ignora las realidades que de verdad importan.

miércoles, 7 de enero de 2015

La tortilla libertaria

5 mujeres que comen tortilla es una adaptación del éxito del Off Broadway 5 lesbians eating a quiche, de Andrew Hobgood y Evan Linder. Las entradas del pequeño Teatro Alfil de Madrid no están numeradas y lo mejor decisión es ir con algo de tiempo para asegurarse un buen sitio y no pasar frío en una cola que llega hasta el cercano Palentino, mítico bar clásico de cañas a un euro que resiste numantinamente dentro de esta calle del Pez, donde lo trendie se ha hecho fuerte con curiosos comercios posmodernos como La juguetería, tienda de artefactos sexuales de diseño, o The Passenger, un bar que simula el vagón de un tren, con un interior de madera y unos proyectores sobre la pared que reproducen las vistas que uno podría disfrutar desde la ventana de un veloz tren. Muchas de las puertas de la calle del Pez parecen abrirte la puerta a un mundo fuera de lo común.

Nada más entrar en los 300 metros cuadrados del Alfil, las cinco actrices, ya metidas por completo en su papel antes de la hora que marcaba el inicio de la función, fueron colocando en la solapa de cada espectador una pegatina con un nombre de mujer… De repente me transformé en Kristen y mi acompañante –mi madre- en Janet. Halagos y sonrisas por parte de las actrices apelando a nuestras estrenadas identidades “¡Siempre se os ve juntas!”, me espetó una de las actrices. No había duda: el mundano ambiente consumista del superpoblado Madrid navideño había quedado atrás y éramos presas de la liberadora magia del teatro. Entramos con suficiente antelación como para asegurarnos una mesa entre el escenario y las tres filas de butacas fijas del fondo de la sala. En tal posición privilegiada, los más tímidos temíamos que este nombre escarlata pudiera legitimar un estreno teatral no deseado. La camarera del pequeño bar integrado en la sala nos sirvió un par de tercios de cerveza Alhambra al precio más que razonable de tres euros y al poco comenzó la obra. Estábamos en el año 1956, Estados Unidos. La Sociedad de Susan B. Anthony para las hermanas viudas de Gertrude Stein celebra su almuerzo anual de tortillas. El respeto por el vestuario y la peluquería de la época -esos moños, ondulaciones y faldas tobilleras- hizo que muchos se acordaran de las chicas de Grease o de Mad Men. La comedia, de poco más de una hora, transcurre en un solo acto y un solo escenario, que consta de una mesa y de un púlpito desde el que se nos cuenta la historia de la hermandad. En la obra original en inglés, el título de la obra remite a la novela Real Men Don't Eat Quiche (“Los hombres de verdad no comen quiche”), escrita por el norteamericano Bruce Feirstein en 1982, una parodia sobre los estereotipos de la masculinidad (tema recientemente llevado al cómic en Ser un hombre por el gran Alberto Monteys). La celebración se interrumpe cuando la bomba atómica estalla y las cinco mujeres se ven obligadas a una reclusión que las llevará a confesar sus secretos más íntimos.

En la versión española, adaptada por Mar Corzo y Almudena León -una de las cinco “hermanas” de la obra-, se ha optado muy acertadamente por sustituir el quiche por la tortilla, que evoca a la manera despectiva para referirse a una lesbiana y tiene también cierta remembranza libertaria, por esa tortilla francesa (que en realidad no era francesa como el quiche) creada haciendo de la necesidad -y de la falta de patatas- virtud. “Ni carne, ni hombres, ni de broma me los nombres” es el lema de estas hermanas que se apañan con lo necesario: sus huevos y su amistad.

Marjorie, fuera del teatro un hombre cercano a los cuarenta años, fue el elegido entre el público por las cinco hermanas, que vertían chistes sobre ella sin caer en el atosigamiento del espectador, estableciendo un contacto con él que se hacía extensible a todos los espectadores. Por ejemplo, cuando, tras confesar finalmente la última de las cinco mujeres que se resistía a confesar su lesbianismo acaba cayendo, una de las actrices nos animó también a los demás a salir del armario. “¿Hay alguna lesbiana entre nuestras hermanas”? Una mujer contestó afirmativamente entre el público, que reía e intuía lo que a continuación se produjo: una solicitud de confesión al unísono a todos los espectadores. “¡Yo también soy lesbiana!”, gritamos todos con orgullo. Fue un momento estelar cuando una de las actrices ha improvisado una frase para mandar callar a un impresentable del público al que le ha sonó el móvil y tuvo la poca vergüenza de cogerlo. Consiguió meter un “¡Calla señor!” sin romper el ritmo de la comedia y encontrando durante ese instante la complicidad de las cuatro actrices y del público, que estalló en un aplauso que fue una comunión de la hermandad del teatro contra la herejía de las tecnofaltas de educación.

Todos los caracteres de las mujeres están perfectamente diferenciados y responden a estereotipos más o menos reconocibles. El “chicazo” interpretado por Almudena León, la cumplida Marta Flich -soberbio el soliloquio que se marca explicando la rimbombante historia del porqué de su trauma, no tratar con hombres desde los tres años-, la entusiasta Celia de Molina y la ingenua Marta Flich y divertidísima Cristina Gallego, sin duda la que provocó más carcajadas, ya fuera cantando el himno yanqui en un particular estilo, dándonos instrucciones a la manera de una azafata de vuelo o lamiendo sobre la mesa, a cuatro patas, el plato de tortilla ante sus asombradas hermanas (“¡Qué técnica!”). Y todo bajo la autoridad rottenmeiriana de una genial Julia de Castro, que interpretaba a Lulie, la presidenta de la hermandad de la Susan B. Anthony para las hermanas de Gertrude Stein.

5 mujeres que comen tortilla es una obra sobre cooperación entre mujeres. Todas acaban confesando sus miedos, discuten fieramente pero acaban ayudándose entre sí. Lo mejor de la delirante comedia es cómo, solo a base de sentido del humor, las actrices nos hacen reflexionar sobre un tema tan serio como es el de los prejuicios. Todos necesitamos nuestra hermandad de amigos confesores con los que reírnos y reunir fuerzas para hacer frente a las hostilidades de ahí fuera. Todos necesitamos una buena hostia (consagrada) si es en forma de esta tortilla desternillante que compartir. Lástima que Marjorie no quisiese subir al escenario para recibir los aplausos en nombre de todo un público encandilado por una obra que consigue hacerte partícipe. Hago extensible el halago del periódico Chicaco Now, que calificó la representación de la compañía estadounidense The New Colony de Egg-cellent, para la versión española dirigida por Chos y protagonizada por las sobresalientes Marta Flich, Cristina Gallego, Almudena León, Celia de Molina y Julia de Castro.

lunes, 27 de octubre de 2014

La insoportable pesadez de la Historia

Es Estados Unidos, un país sin apenas historia -al menos si se compara con  España y demás países europeos- quien ha marcado el ritmo de la Historia contemporánea. ¿Es esta ligereza de equipaje un estímulo para el progreso? Decía Gil de Biedma que de todas las historias, la de España es la más triste porque acaba mal, como si nuestra historia ya no continuara y estuviésemos condenados a volver a perder el tren como nos pasó en el Renacimiento, en la Ilustración y en la Modernidad. Que la milenaria cultura china amenace con arrebatarle a los yanquis el cetro de la historia demuestra que el peso de la historia no tiene por qué significar un lastre. Cabe preguntarse si, relegados como estamos a la insignificancia dentro del concierto global, al menos a los españoles no nos compensaría aprender de nuestra Historia, especialmente escuchar a los personajes que lucharon por que ningún poeta tuviese que escribir la triste verdad que Gil de Biedma supo concretar en su verso. Tal vez así podamos aprendamos algo del desenfado yanki mezclado con Confucio,  quien dijera que aquel que vuelve a hacer el camino viejo y aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.


Estatua de Confucio en Chinatown, Manhattan.

jueves, 23 de octubre de 2014

Se vende cara

La reciente metamorfosis de la actriz Renée Zellweger, su nuevo careto falso, es un signo de la cara verdadera de un tiempo que va ahondando cada vez más en la brecha de lo innecesario. Nos alejamos cada vez más de esa etapa zoológica a la que se refiere Ernesto Sabato en Sobre héroes y tumbas, una época ya remota en la que, como a los animales, nos bastaba sólo con vivir, sin angustiarnos por el sentido de la existencia, mucho menos por nuestro aspecto físico. En nuestra época superficial del aquí y ahora, nos creemos que comprándonos una cara nueva esa angustia va a desaparecer, pero es más bien al contrario. La actriz atribuye su transformación al buen momento personal, como si cambiarse de cara fuera parecido al antojo de dulces que pueda sentir una mujer embarazada. La cara debe ser el reservorio que almacene todos los sedimentos acumulados a lo largo de nuestra vida; no solo las alegrías, también las desdichas. No sólo nuestros triunfos, sino también nuestros desengaños. De lo contrario, como da testimonio Zellweger con su nueva jeta, el rostro no es auténtico y deviene en una máscara que, pasado ese buen momento personal –que pasará, como todos los buenos momentos personales- se convertirá en algo grotesco, pues no tendrá capacidad para cumplir la función del rostro, que no es otra que la de servir de espejo del alma, reflejar el interior. Por muy bonita que sea su nueva faz (a servidor le gustaba más la de antes), no será sino el espejo deforme de Valle-Inclán, el esperpento que refleja nuestras miserias de bótox. Como se dice en el espléndido documental Il corpo delle donne, en el que podemos ver hasta qué punto el capitalismo está colonizando el cuerpo femenino, la televisión roba, mina, afea el paisaje de la conciencia de todos. René Zellweger es una actriz millonaria de Hollywood, su comportamiento influirá en muchas jóvenes no millonarias que quieran “transformarse” porque estén pasando por un buen momento y que tendrán que conformarse con cambiarse la foto del perfil de su Facebook. Los ricos podrán permitirse ser guapos y a los pobres no les quedará más remedio que aguantarse con lo que Dios les haya dado en gracia. Pero no debemos olvidar que los buenos momentos son solo eso, buenos momentos encerrados en el tiempo que pasan irremisiblemente. Solo pueden congelarse en una pintura, en un poema, en una fotografía, en alguna escena de las muchas películas que ha protagonizado la actriz estadounidense. Si por tan buen momento estaba pasando, ¿por qué no ha tratado de conservar esa cara en lugar de cambiársela? Pronto Renée sentirá, seguramente cuando se sienta desdichada -pero nunca más en esa deliciosa expresión suya como si estuviera siempre a un paso del llano-, que es el rostro el que debe adaptarse a los sentimientos y no al revés.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Uno de los nuestros

En su prometedor debut Malos tiempos (Lupercalia), Carlos Salcedo (León, 1980) emprende un viaje al fin de la noche posmoderna, recorre la senda del perdedor del siglo XXI a través una serie de relatos breves que alternan realidad y ficción. Este camino que describe Salcedo, con una prosa frontal y sin concesiones, está lleno de trampas. En él, cada palo aguanta su vela como puede, la falta total de perspectivas condenan al autor a una frustración contra la que rebelarse resulta tarea inútil. Schopenhahuer, Bukowski, metal, alcohol, sexo y drogas… morir matando es la divisa en una realidad que solo deja herirse con armas de doble filo. El exceso como acto de contrición y a la vez de áscesis que permita seguir aguantando los golpes y poder asestar alguno que otro.

Se hace difícil digerir el infierno cotidiano, aún más complicado seguir soñando. Las más de las veces, los monstruos de la razón producen pesadillas. La dificultad de sostener una relación, la obligada búsqueda de empleos que uno no puede por más que detestar, el darse de bruces con la burocracia estatal, el cruzarse con los fantasmas de carne y hueso que pueblan la ciudad, las notas cotidianas que componen la “sinfonía de la destrucción”, como la canción de Megadeth que cita el autor, marcha imperial metálica que marca el ritmo de su narración. La vida conspira en nuestra contra, hemos hecho lo inhumanamente posible para que así sea y todos somos, en cierto grado, culpables. Carlos lo sabe y no se escuda en malditismos absolutorios. La culpa es también tuya y mía. La vida es un juego cruel que te obliga a endurecerte a la vez que intentas que la impiedad generalizada te contagie del todo. Es en los relatos autobiográficos que componen Malos tiempos donde la visión fatalista del autor encuentra mejor vía de expresión, al describir su existencia en una pensión de mala muerte acompañado por perlas cultivadas en los arrecifes del fracaso. Salcedo escribe como vive, su literatura es descarnada, sucia, busca abrirse camino a empellones para salir de las cuatro paredes en que nos tienen encerrados, presos del miedo, la ansiedad, el egoísmo y el descreimiento absoluto.

La extravagancia es lo real, Salcedo se sumerge en los tugurios de música rock, en el mundo del boxeo, la pornografía, el alcohol y las drogas. Subterfugios desde los que la lógica hostil de la vida posmoderna queda más en evidencia. Es desde esos ambientes viciados de donde Salcedo saca lo peor y lo mejor de sí, allí donde se cuece el caldo de cultivo de nuestra perdición y trata desesperadamente de hallar una esperanza, en forma de un gesto amable; cuidar a unos desvalidos gatos condenados a morir o encontrar la comprensión de un amigo o de una novia. Cosas pequeñas que son las más grandes, las más grandes, al menos, que puede permitirse. Pero como decía Bukowski, los pobres son los que saben lo que es la vida, los ricos tienen que imaginárselo. Por eso el autor defiende a ultranza el realismo sucio como la literatura que mejor explica este pauperizado presente, esta época tan limpia en su hipócrita superficie y tan sucia en sus sufridas entrañas.

No hay tabla de salvación, solo una voluntad a prueba de bombas, que no tira la toalla pese a todos los golpes, mucho de ellos autoinfligidos… La autodestrucción como vía recurrente en la que hacer aflorar una sensibilidad coartada por el sistema, la vida tal y como uno querría vivirla, esa que hay que esconder y proteger bajo una coraza para no ser aplastado por el rodillo de la realidad cotidiana. Salcedo siente la vieja necesidad de enloquecer para no volverse loco.

Malos tiempos es un libro impregnado de autenticidad underground, al margen de las modas y tendencias que tratan de apropiarse de tal denominación sin asomarse si quiera a los abismos en los que Salcedo bucea. Sin miramientos. Los miembros de la generación perdida se identificarán en estos relatos más de lo que ellos mismos quisieran en esta especie de bestiario posmoderno. Uno piensa en el poema “Una charla con el buzón…” en el que Charles Bukowski arenga a un escritor anónimo para que, pese a las dificultades, se lance al ruedo y trate por todos los medios de publicar. Al final del poema, Chinaski escribe: ésta es una carta tipo que envío a casi todo el mundo, pero espero que te la tomes personalmente, tío. Salcedo se lo ha tomado personalmente, ha desnudado sus miserias, nos ha propinado un libro directo a la mandíbula con el que no cuesta imaginarse al viejo Buk dándole la bienvenida en el infierno.

lunes, 26 de mayo de 2014

Žižek: Comienza una era de peligro, con varias potencias

Conocer a una sociedad no es conocer sólo sus reglas explícitas. También hay que saber cómo aplicarlas: cuándo utilizarlas, cuándo violarlas, cuándo desechar una alternativa, y cuándo en realidad estamos obligados a hacer algo pero tenemos que fingir que lo hacemos libremente. Consideremos la paradoja, por ejemplo, de los ofrecimientos hechos para que se rechacen. Cuando un tío mío rico me invita a un restaurante, los dos sabemos que él pagará la cuenta, pero de todos modos yo tengo que insistir un poco en que la compartamos: imagínense mi sorpresa si mi tío simplemente dijera: “Bueno, OK, pagála vos”.

Durante los caóticos años post-soviéticos del gobierno de Yeltsin en Rusia hubo un problema similar. Aunque las reglas legales se conocían, y en gran medida eran las mismas que bajo la Unión Soviética, la compleja trama de reglas implícitas, no escritas, que sostenían todo el edificio social, se desintegraron. En la Unión Soviética, si querías una mejor atención hospitalaria, digamos, o un departamento nuevo, si tenías una queja contra las autoridades, si te citaban en los tribunales o querías que tu hijo o hija fueran aceptados en una escuela del mejor nivel, conocías las reglas tácitas. Sabías a quién tenías que dirigirte o coimear, qué podías hacer y qué no. Después del derrumbe del poder soviético, uno de los aspectos más frustrantes de la vida cotidiana para la gente común fue que estas reglas tácitas se volvieron seriamente difusas. La gente sencillamente no sabía cómo reaccionar, cómo vincularse con las disposiciones legales explícitas, qué se podía pasar por alto y dónde funcionaba la coima. (Una de las funciones del crimen organizado fue proporcionar una especie de legalidad sustituta. Si tenías un pequeño negocio y un cliente te debía dinero, llamabas a tu protector de la mafia, que se ocupaba del asunto ya que el sistema legal del estado era ineficaz.) La estabilización de la sociedad bajo el reinado de Putin se debió mayormente al restablecimiento de la transparencia de las normas no escritas. Ahora, otra vez, gran parte de la gente vuelve a entender la compleja telaraña de las interacciones sociales.

En política internacional todavía no hemos llegado a esta etapa. Durante la década de 1990 un pacto no hablado regulaba la relación entre las grandes potencias occidentales y Rusia. Las naciones occidentales trataban a Rusia como una gran potencia, a condición de que Rusia no actuara como tal. ¿Pero qué ocurre si la persona a la que se le hace el ofrecimiento para que lo rechace en realidad lo acepta? ¿Qué ocurre si Rusia empieza a actuar como una gran potencia? Una situación así es verdaderamente catastrófica, una amenaza para todo el tejido de relaciones existente: como pasó hace cinco años en Georgia. Cansada de que sólo la trataran como a una superpotencia, Rusia actuó realmente como tal.

¿Cómo se llegó a esto? El siglo estadounidense terminó, y hemos entrado en un período en el cual se han ido formando múltiples centros de capitalismo global. En EE.UU., Europa, China y tal vez América Latina, también, los sistemas capitalistas se han desarrollado con orientaciones específicas: EE.UU. apoya el capitalismo neoliberal, Europa lo que queda del Estado de Bienestar, China al capitalismo autoritario, América Latina al capitalismo populista. Luego de que fracasara el intento de EE.UU. de imponerse como única superpotencia –el policía universal– se da ahora la necesidad de establecer las reglas de interacción entre estos centros locales en lo que hace a sus intereses en conflicto.

Es por esto que nuestra época es potencialmente más peligrosa de lo que puede parecer. Durante la Guerra Fría, las reglas de comportamiento internacional estaban claras, garantizadas por la locura –destrucción mutuamente asegurada– de las superpotencias. Cuando la Unión Soviética violó estas reglas no escritas al invadir Afganistán, pagó cara su transgresión. La guerra de Afganistán fue el comienzo de su fin. Hoy, las nuevas y las viejas superpotencias se están probando unas a otras, tratando de imponer su visión propia de las reglas globales, experimentando con ellas a través de sustitutos, que, por supuesto, son otras naciones y estados más chicos.

Karl Popper elogió cierta vez las pruebas científicas de las hipótesis, diciendo que, de ese modo, permitimos que nuestras hipótesis mueran en lugar nuestro. En las pruebas de hoy, los países chicos se lastiman y hieren en lugar de los grandes: primero Georgia, hoy Ucrania. Pese a que las argumentaciones oficiales son altamente morales y giran en torno a los derechos humanos y las libertades, la naturaleza del asunto queda clara. Los acontecimientos de Ucrania parecen algo similar a una segunda parte de la crisis de Georgia: la etapa siguiente de una lucha geopolítica por el control en un mundo desregulado y multicéntrico.

Definitivamente es momento de enseñar algunos modales a las superpotencias, viejas y nuevas, ¿pero quién lo va a hacer? Obviamente, sólo una entidad transnacional puede hacerse cargo: más de 200 años atrás, Immanuel Kant vio la necesidad de un orden legal transnacional basado en el surgimiento de la sociedad global. En su proyecto en procura de la paz perfecta escribió: “Dado que, más estrecha o más amplia, la comunidad de los pueblos de la Tierra se ha desarrollado tanto que una violación de derechos en un lugar se percibe en todo el mundo, la idea de una ley de ciudadanía mundial no es un concepto pretencioso ni exagerado.” Esto, sin embargo, nos lleva a lo que tal vez sea la “principal contradicción” del nuevo orden mundial (si podemos usar el viejo término maoísta): la imposibilidad de crear un orden político global que se corresponda con la economía capitalista global. ¿Qué pasa si, por razones estructurales, y no sólo debidas a limitaciones empíricas, no puede haber una democracia de alcance mundial o un gobierno mundial representativo? ¿Qué pasa si la economía de mercado global no se puede organizar directamente como una democracia liberal global con elecciones mundiales?

Hoy, en nuestra era de la globalización, pagamos el precio de esta “contradicción principal”. En política, las fijaciones de vieja data y las identidades culturales particulares, religiosas y étnicas sustanciales, han regresado con gran fuerza. Nuestro trance está definido hoy por esta tensión: la libre circulación global de commodities está acompañada por crecientes separaciones en la esfera social. Desde la caída del Muro de Berlín y el surgimiento del mercado global han empezado a surgir nuevos muros por todas partes, que separan pueblos y culturas. Tal vez la propia supervivencia de la humanidad dependa de resolver esta tensión.



©The New York Times Traducción: Román García Azcárate

Vía Revista Ñ